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jueves, 4 de noviembre de 2010

A veces bien, otras no tanto

(Artículo publicado en la HC Gourmet de octubre 2010)

Cuando salís a comer, ¿qué tal te va con los mozos? No, no tenés mala suerte, el servicio flojo se repite en muchos sitios. Profesionalizar a este sector sigue siendo tarea pendiente.


En la edición de HC Gourmet que salió en marzo del año pasado escribí sobre los buenos momentos gastronómicos que se transforman en malos por obra y gracia del mal servicio que se recibe luego de sentarnos a la mesa de un restaurante. En esa oportunidad me referí a una anécdota en particular, que ayudó como ejemplo para transmitir la idea. 
Ahora no ahondaré en ese episodio en particular, ya que el restaurante en cuestión no solo renovó el plantel en su cocina, sino que además cambió la propuesta, para bien. Algo que es loable de todo punto de vista. 
En esta oportunidad quisiera reflexionar acerca de algo que llama la atención a mucha gente que gusta de salir a conocer sitios e investigar propuestas gastronómicas, y que tiene que ver, precisamente, con la mala calidad de servicio que persiste en muchos restaurantes.
Es cierto, hay  muy buenos profesionales trabajando en el medio. Sin embargo, el problema son los demás integrantes del gremio, quienes creen que son aptos para trabajar en un restaurante, cuando en realidad no podrían aprobar ni una materia del curso más pobre sobre el tema.
Y no me estoy refiriendo a la calidad de lo que sale de las cocinas. Se puede decir que lo que se sirve va mejorando. De hecho, en este aspecto hay mucho positivo que decir. Sin embargo, ahora hablo de los malos profesionales de la bandeja, esos que borran con el codo de sus uniformes todo lo bueno que se hace desde los fogones.
¿A qué viene todo esto? A que estoy cansado de que los mozos no sepan responder cosas básicas de una carta, que se olviden de lo que pido, que miren para otro lado cuando quiero solicitar algo más, que utilicen palabras rebuscadas tratando de mandarse la parte con algo del menú, que no pongan en la mesa la vajilla correcta aún cuando el restaurante está bien provisto en ese sentido, y así un largo etcétera.
Hablando de este tema con dueños de varios restós me enteré de lo difícil que es encontrar a personas idóneas, factor que no hace más que echar leña al fuego de mi ira. Es que pasan los años, los cocineros son cada vez más idóneos, las ofertas estéticas de los lugares va mejorando, pero la calidad profesional de los mozos no acompaña tales avances.
Y encima, algunos propietarios de los restaurantes dejan que desear también: muchas veces, el solo hecho de abrir una carta es sinónimo de risa por los errores de ortografía, sintaxis y gramática que se observan. Los ejemplos más patéticos son los nombres de platos y/o ingredientes, escritos en otros idiomas, y que obviamente generan carcajadas por lo mal escritos que están.
A esta altura del texto te estarás preguntando por qué no doy nombres concretos. Simple: el lector, por experiencia propia y de terceros, sabe muy bien dónde aprietan los zapatos en determinados lugares. En todo caso, al que le quepa el sayo, que se lo ponga. Y que mejore.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Claroscuros

La verdad que, al salir a comer, podemos encontrarnos con diversas sorpresas. En este preciso momento, por ejemplo, estoy sentado, café de por medio, en un sitio que me ha sorprendido para bien.
Pero antes de relatar este momento placentero contaré una experiencia vivida hace un par de semanas. Y arranco con una pregunta: ¿cuál es la salida preferida para las parejas mayores de 35 años? Adivinaste: salir a comer.
Mi pareja y yo, juntos, pasamos el promedio de los 40 años (aunque por pudor no entraré en precisiones). La cuestión es que, junto con otra pareja también comprendida en ese maravilloso grupo de los mayores de 40, decidimos salir a comer.
El lugar elegido fue La Trattoria Tony, un sitio que todos queríamos conocer desde hacía bastante tiempo, pero al que nunca pudimos ir.
Llegamos puntualmente a la hora de la reserva y nos instalamos en un salón interno. Al haber muy poca gente, por ser temprano, la impresión fue muy buena: mesas amplias, sillas cómodas, buena disposición de espacios, linda ambientación, iluminación correcta y un excelente patio, también equipado con una buena cantidad de mesas y sillas.
Al entrar, un viejo conocido nos recibió (un mozo con largos años de experiencia en la movida gastronómica local), quien con deferencia nos atendió desde el primer momento. Las cartas llegaron prestas, una para cada comensal, al igual que una carta de vinos. Mientras avanzábamos en la lectura de la oferta de platos, el mozo nos iba contando ingredientes y procesos de cocción, demostrando su profesionalismo (sabe lo que la casa vende y lo ofrece sin dudar, lo que da al sitio un plus).
Sin embargo, las alarmas comenzaron a prenderse: algo me estaba molestando desde el primer momento en que ingresé, hasta que me di cuenta de que debíamos conversar alzando mucho la voz, porque la música estaba puesta en un volumen inconvenientemente alto.
Otro detalle extraño saltó a la vista al observar los precios de la carta. Estos resultan, cuando menos, incoherentes: las entradas y los postres son inusitadamente caros en comparación con los platos principales y los vinos.
Obviamos las entradas y decidimos pedir los platos de fondo y el vino (nos dejamos tentar por un Ventisquero Carmenere, a pedido de las damas). Mientras aguardábamos y el salón iba poblándose de comensales, descubrimos que en la panera había unas tristes rodajas de pan tipo francés, y nada más, por lo que el pasatiempo fue esperar que el vino se enfríe lo suficiente (llegó a una temperatura alta, por lo que tuvimos que pedir una champañera con hielo).
Lo mejor de la noche fue degustar los platos, que llegaron al tiempo a la mesa. Todos coincidimos en que estaban sabrosos. Yo opté por unos Spaghettis “Vecchia Signora”, que vienen acompañados de una salsa con crema de leche, pasas de uva, almendras, albahaca y algunas especias. Para mi gusto, el punto de cocción de la pasta estaba algo pasado (lamentablemente, no se cumplió con el concepto de “al dente”). Pero el sabor es insuperable. Las sensaciones que produce en el paladar la combinación de las especias con el dulzor de las pasas y el toque amargo de las almendras son muy diversas, todas bellas. En mi caso, recordé momentos que no viene al caso citar. Pero lo que sí hay que destacar es la buena mano del cocinero, porque su comida, además de ser bien presentada, es muy gustosa.
Un detalle a mejorar: los platos no fueron previamente calentados, por lo que la comida, que llegó caliente, rápidamente se enfrió.
Al terminar de comer observé que todas las mesas fueron ocupadas y los mozos estaban realmente atareados. Y fue entonces que esta experiencia se transformó en algo que de a poco perdía encanto: nuestro camarero nos desatendió totalmente para enfocar su atención a las mesas vecinas y tuvimos que recurrir a un compañero para llamar su atención. Los postres, repito, caros, no resultaron satisfactorios ni sabrosos (solamente se salvó el Tiramisú que pidió una de las damas).
Pedimos la cuenta: el precio final, con propina, orilló los G. 150.000 por cabeza. Y al salir advertí que el espacio que a priori me había parecido bien distribuido, en realidad no lo era tanto, ya que tuvimos que hacer que un par de personas muevan sus sillas para que podamos pasar entre las mesas para ir a la salida.
En el estacionamiento reparé que el sitio es bien amplio y que cuenta con seguridad.
La conclusión: La Trattoria Tony (santa Teresa casi Aviadores del chaco) es un sitio con altibajos al cual conviene ir los días de menor flujo de gente, para evitar los inconvenientes de falta de atención y poco espacio entre mesas. Por suerte, los platos de fondo son realmente gustosos y los vinos están a precios relativamente amigables. No pidan postre.

1811, para ir y repetir

Y bien, tal como escribí al principio, me encuentro cómodamente sentado en una cafetería que me había prometido conocer.
Se trata de 1811, café-bar ubicado Lillo caso Malutin. Llegué junto a mi pareja, gran cómplice de todas mis aventuras gastronómicas.
Y si el relato anterior tenía claroscuros, ahora solo tengo elogios para comunicar. A saber: amplio estacionamiento en un lugar de la ciudad donde es difícil ubicar el vehículo, bien surtida carta de cafetería e interesantes opciones de dulces y salados, excelente atención, salones grandes y cómodos, bella terraza e internet inalámbrico free (sin necesidad de contraseñas).
Ahora bien, particularmente opté por un capuchino y una torta de musse de chocolate. SK, mi compañera de siempre, pidió un café express y una torta tres leches.
¿Qué tal? Muy bien, realmente. Las tortas híper frescas y el café (Illy) en su punto justo de temperatura, aroma y sabor. ¿Todavía no fuiste? Andá, no te vas a arrepentir.
Ahora, pediré la cuenta y luego veré qué inventamos para cenar... Con semejante merienda, cualquier ensaladita puede, al final, caer como piedra al estómago.